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sábado, 25 de octubre de 2014

UNA RENOVADA ALTERNATIVA

En una ocasión, el cuarto califa del Islam, el imam Alí – que Al·lâh esté complacido con él –, dijo estas sabias palabras: “Ciertamente, nuestros hijos nacen para vivir su época, no la nuestra”. Nosotros, como creyentes, somos herederos de un inmenso legado espiritual, intelectual y humano. A pesar de ello, no podemos vivir ni revivir los tiempos de nuestros antepasados, pues ello, en sí mismo, devendría un suicido anunciado y una locura en toda regla.

Aquellos que nos precedieron, vivieron su época con sus pros y sus contras; sus idas y vaivenes; sus grandezas y sus bajezas; sus aciertos y sus errores,… y, en definitiva, sus vidas. Unos árboles pueden dar frutos durante décadas. Sin embargo, esos frutos son únicos en sí mismos. Nosotros debemos saber cómo tomar la savia de la herencia divina que hemos recibido para ofrecer nuestros mejores frutos. Por lo tanto, debemos vivir nuestra época siendo coherentes y consecuentes con la esencia del mensaje del que somos portadores.

De todo cuanto nos acontece en nuestra vida, tanto en las cosas positivas como en las negativas, debemos aprender y extraer enseñanzas. De lo positivo, debemos tomar lo mejor de lo que nuestros antepasados aportaron; y, de lo negativo, saber qué no debemos hacer y, así, no tropezar dos veces – o más – con la misma piedra.

Nuestra época es singular, como lo fueron las épocas anteriores. Y, hoy, nos vemos abocados a trabajar de forma acuciante y de manera conjunta para materializar unos fines que todos compartimos. Sólo con el diálogo y la buena intención – que es la mitad de todo recorrido – tenemos la oportunidad para derribar de nuestra mente conceptos e ideas erróneas que todos podemos tener sobre nuestro “otro” congénere.  

No negamos que, en numerosas ocasiones históricas – y nuestro presente es testigo irrefutable de ello –, las religiones han sido utilizadas por seres despreciables como meros instrumentos para materializar y conseguir sus propios intereses y satisfacer al máximo posible sus deseos y pasiones, sin tener el más mínimo respeto por los creyentes ni por sus respectivos cultos y creencias. Toda la historia religiosa, política, económica y social de la humanidad, ha vivido hechos que todos, como seres humanos, despreciamos recordar y deseamos olvidar; momentos en que un grupo de personas movidas por el extremismo, la intolerancia, la enemistad, el rencor, la venganza y otras causas, han utilizado lo más bendito que han poseído algunas personas en la historia – incluso se podría decir lo único que han poseído y a lo que se han aferrado con toda su vida –, para practicar lo más bellaco y denigrante para la raza humana.

Hoy día, los propios componentes de la sociedad, que no son otros que los seres humanos, independientemente de su religión, su manera de entender la vida y de sus convicciones, reconocen un hecho tangible y acuciante que acontece en nuestra sociedad actual: que nuestra vida tanto a nivel individual como colectiva, está en decadencia y sufrimos las consecuencias de una podredumbre humana. Poco importa si la llamamos religiosa, espiritual o moral, pues, al fin y al  cabo, quien puede llevar a la práctica cualquier ideal o conjunto de valores es el ser humano. Y, éste, al alejarse de la práctica de lo que únicamente posee y se diferencia del resto de los animales – los valores –, ya sea por su pasión o por satisfacer los deseos de su ego, esas guías no sirven absolutamente para nada.

Y en ese avatar de luchas internas que experimentan miles de seres humanos en nuestra sociedad al contemplar el derrotero que están tomando las cosas, aquellos que piensan a ciencia cierta que existen soluciones para poder salir del pozo negro en el que se encuentran sumergidos, comienzan una andadura en busca de una solución, una salida o, simplemente, poder encontrar algo que satisfaga sus espíritus y alimentar el hambre interior que siente en lo más adentro de su fuero interno.

Es en este punto donde las personas, aun a pesar de las continuas campañas por parte de ciertas partes de la sociedad por malsinar y difamar ciertas tendencias espirituales o mensajes divinos revelados, “vuelven” o “retornan” a buscar en esas sendas soluciones para una mejor calidad de vida.

En muchos ámbitos de nuestras vidas, lo material ha devenido el parámetro que valora a las personas, cuando la base, es que la persona o lo humano sea el parámetro que dé el valor justo a lo material.

Se nos ha inculcado – de manera directa o indirecta – que somos únicamente materia. Pero, paradójicamente, los apologistas de la sinrazón, no se han percatado que la materia es el medio que Dios ha dispuesto en nuestra existencia para manifestar y expresar algo que trasciende lo meramente tangible. Esa esencia que sentimos en lo más profundo de nuestro interior. Pues la materia no siente, transmite y es conductora de sentimientos.

Ahí podríamos hablar de placeres. Hemos dado rienda suelta a nuestro ser para satisfacer nuestros placeres sensibles, pero ¿cuánto hemos hecho para saciar nuestros placeres humanos y espirituales? Eso es porque siempre hemos considerado lo placentero como sinónimo del bienestar material. Por todo ello, debemos percatarnos que todo debe ponderarse por la calidad humana y no por la cantidad.

Todos estos fenómenos negativos que presenciamos hoy día, revelan nuestra negligencia e insensatez en muchas dimensiones de nuestra esencia humana: la espiritual, la sentimental,… o, simplemente y con pocas palabras, nuestra propia humanidad.

Visto el panorama, aquellos que sienten un atisbo de luz en lo más profundo de su ser y que se sienten sabedores de que la vida es algo más que el mero hecho de acumular objetos, tienen la energía y el coraje suficientes como para emprender un camino al que podríamos denominar de “retorno” o de vuelta a aquellos mismos principios y valores que un día conoció y, que por diversas causas, abandonó o se le hizo abandonar o despreciar.

Desgraciadamente, a pesar de ese camino de retorno o de búsqueda de unos valores y un sentido fundamental de la vida, encontramos a quienes se les pone obstáculos advirtiéndoles de las causas negativas que el tomar dicho camino repercutiría en su vida futura. Despertando, para ello, aquellos oscuros fantasmas y vomitando despreciables falacias sobre el “verdadero” mensaje de religiones milenarias y practicadas por millones de personas coherentes, sencillas, buenas y comprometidas por un mundo mejor.

Dicha persona buscadora, debe ser inteligente y saber mirar más allá de la envoltura con la que un mensaje y unos valores morales le son presentados, pues lo importante no es el continente de una cosa, sino el contenido. Y, por desgracia, nos hemos alejado – como conjunto social – de ciertos valores morales o, incluso, despreciamos otros, simplemente porque vienen en un “envoltorio” extraño o del que no se nos permite tener en él ni la más mínima pizca de confianza moral y, que, desgraciadamente, nos puede hacer abandonar aquello que puede otorgarnos la felicidad y el sentido de ser de nuestras vidas.

La gente de bien compartimos unos principios comunes y una manera de entender la vida y, consecuentemente, deberíamos trabajar en pro de esos puntos consensuados. Pues, no son principios cualesquiera, sino puntos fundamentales y vitales tanto para propios como para ajenos a estos mensajes que predicamos y practicamos.

Por todo ello, hoy, se hace más apremiante trabajar conjuntamente y aunar esfuerzos en pro de la existencia, difusión y expansión de un mínimo de principios morales que sostengan ese eje fundamental sobre el que gire una sociedad que quiera alardear de un carácter humano profundo. Pues lo moral, por desgracia, ha devenido sinónimos de coacción y limitación de la libertad, cuando realmente, es lo único que puede dignificar la entidad y la identidad del ser humano y, en su esencia, le distingue del resto de los demás animales.


En definitiva, debemos defender la validez de nuestros valores morales; no para imponerlos, sino para ofrecerlos como alternativa. Ese ofrecimiento nunca significará – o debería tomarse – como una imposición de dogmas, sino una guía humana brindada por otros seres humanos, conocedores del inmenso tesoro que sus pechos y corazones encierran. Unas personas que, a fin de cuentas, no únicamente desean lo mejor para ellos mismos y para los demás. 

viernes, 20 de junio de 2014

LOS NIÑOS Y RAMADÁN. CONSEJOS Y PAUTAS.

Al·lâh – ensalzado sea – ha establecido diferentes estados de consciencia y de concebir el mundo a lo largo de la vida del ser humano y que difieren en muchos y múltiples momentos a lo largo de la vida de una persona.

Aunque seamos adultos, no todos tenemos el mismo conocimiento, ni el mismo saber, ni el mismo nivel de consciencia, ni el mismo nivel espiritual; niveles, éstos, que nos ayudan a percatarnos de nuestras dos realidades: la tangible y la intangible. Sin embargo – y como es sabido por todos – los niños, debido a su configuración mental y racional – que no humana y espiritual – no disponen de una consciencia racional que les haga percatarse de muchos asuntos que les rodean y que, por tanto, se les escapan.
Por ello, nosotros, como padres, tutores y, sobre todo, responsables de la educación islámica de nuestros hijos, no podemos obviar ni ser negligentes en el nivel de consciencia de los niños que tenemos a nuestro cargo.
Con estas palabras me refiero a un asunto importante y que, por desgracia, no tenemos en cuenta cuando llega el mes sagrado de Ramadán. Me refiero a cuáles deben ser las formas – que no el fondo – que debemos usar y utilizar para transmitir a nuestros hijos la llegada de este bendito mes y, así, comenzar a introducirles desde su infancia en la vivencia de las prácticas espirituales de la vida de todo musulmán.

El error ‘clásico’ que se comete en la mayoría de las familias – por ignorancia – es el de querer que nuestros hijos sigan nuestra ‘práctica’ del din del Islam, olvidándose por completo la esencia y la sapiencia de las cosas que supuestamente practicamos. Obligamos a los niños a que sigan una serie de normas, preceptos y prácticas, sin que tengan un mínimo de saber respecto a las esencias espirituales y fundamentales en las que se sostiene nuestro din del Islam.
No nos damos cuenta – como he dicho antes – que nuestros hijos no ostentan una consciencia racional tal que les ayude a concebir y a comprender realmente la esencia profunda de las enseñanzas de nuestro din. ¿Cómo pretendemos, entonces, que nuestros hijos lleguen a ser conscientes de estas cosas cuando nosotros mismos no lo somos de ellas? ¿Somos nosotros realmente conscientes de lo que representa Ramadán? ¿Sabemos realmente cómo sacar el máximo provecho de este pilar del Islam? ¿Cómo podemos transmitir a otros algo que nosotros mismos desconocemos e ignoramos?
Éste, sin duda, es otro tema que podríamos tratar. Sin embargo, ahora nos toca hablar de los pequeños y qué podemos y debemos hacer para que empiecen a vivir y a sentir humana e espiritualmente el ayuno del mes de Ramadán.

Los niños, como he dicho, no pueden percatarse racionalmente de muchas cosas que le rodean. Sin embargo, hay muchos modos de hacerles comprender y, sobre todo, experimentar, pequeñas esencias de lo que representa el ayuno en nuestro din y el mes de Ramadán.
Estos son algunos consejos y pautas que, humildemente, presento para quien quiera llevarlos a la práctica en su hogar con sus niños:

-       Comenzar a hablarles y a comentarles, que el mes más importante del año, aquel que Al·lâh ha elegido para revelar su última carta a toda la gente (el Sagrado Corán), está a punto de llegar.

-         Adornar la casa. A los niños les encanta los colores y las formas, algo que forma parte de la fitra que Al·lâh ha dispuesto en el ser humano y que ellos, como niños, experimentan más que nadie. Por ello, es muy recomendable adornar la casa y poner carteles sobre Ramadán, para que así, ese mensaje les entre por los ojos. Y, no olvidar, que Al·lâh, como dijo el profeta Mujámmad – la paz sea con él – “Es bello y ama la belleza”. Por ello, engalanemos y embellezcamos nuestra casa para recibir el mes más hermoso del año.

o   A modo de ejemplo, podemos poner un pequeño cartel en casa con los días que faltan para Ramadán y, así, ellos mismos vayan entrando en esa ‘cuenta atrás’ para recibir al mejor de los invitados: Ramadán.

-         Dejarles – aunque en la mayoría de las ocasiones parte de ellos mismos la inicitativa – a que comiencen a ayunar unas pocas horas del día, pues ello, sin duda, genera en el niño un sentimiento de comunidad, capacidad y participación en algo que – en teoría, para él – es algo propio de los adultos. Cosa, que hace crecer su autoestima.

-         Invitar a familiares y amigos a la ruptura del mes de Ramadán, tanto a musulmanes como a no musulmanes. Pues, como ya es sabido, uno de los momentos más hermosos de los días de Ramadán lo experimentamos en torno a la mesa de la ruptura del ayuno, no tanto por la comida – que también es un don y un placer que Al·lâh nos ha otorgado – sino por compartir el momento donde se rompe el ayuno y, como dice el jadiz de nuestro amado profeta Mujámmad - la paz y las bendiciones sean con él -, encontrar esa alegría por haber llevado a cabo un día de ayuno ofrecido con sinceridad plena a Al·lâh.

-    Llevar a los niños algunos días a la mezquita – sobre todo por la noche, durante el rezo de la zalá del (tarawih), pero con la intención de que ellos también participen de la adoración. Por desgracia, hay muchos padres que se llevan a sus hijos a las mezquitas con la Nintento o la PS Vita para que, mientras el reza, el niño se quede en la parte de atrás jugando y, así, deje tranquilo a su padre para que haga la zalá. ¿Así va a aprovechar nuestro hijo algo de Ramadán?

o   Las mezquitas deberían realizar charlas sobre el Islam en español durante este mes y, así, los niños también participasen y ‘se alimentaran’ de la espiritualidad de Ramadán. Pero, por desgracia, la mayoría de las mezquitas – por no decir todas – que imparten clases y charlas en este mes sagrado de Ramadán, se hace en lengua árabe clásica.

o   Por lo menos, deberían realizar alguna que otra charla pequeña dirigida a los niños, en su lenguaje y con sus formas, no con las nuestras. Pues de lo contrario, todo les sonará a chino.

La verdad, es que tampoco necesitan mucho más, pues, como he dicho, su nivel de consciencia no les permite comprender o abarcar todo lo que el mes de Ramadán encierra y abarca. Pero, con estas mínimas pautas, haremos que nuestros hijos experimenten pequeñas esencias espirituales y humanas del ayuno y de la bendición de Ramadán que, con el tiempo, irán generando en él – con el permiso de Al·lâh – el amor y el sentimiento que todo musulmán debe tener para con los ritos y prácticas del din revelado por Al·lâh a todos los seres humanos.

Pedimos a Al·lâh que nos ayude en la educación de nuestros hijos, que seamos los mejores padres y madres para ellos, y que nos facilite todos nuestros asuntos en esta vida y en la otra.

Que la paz y las bendiciones sean con el profeta Mujámmad, con su familia inmaculada y con sus piadosos Compañeros, y Alabado sea Al·lâh señor del universo.

Sheij Vicente Mota / Mansur 22 de Sha'bân de 1435 / 22 de junio de 2014.

jueves, 1 de mayo de 2014

LOS MESES SAGRADOS - EL MES DE RAYAB



Acabamos de entrar en uno de los meses sagrados; el mes de Raÿab.


Los cuatro meses sagrados, tal y como han venido mencionados en los jadices fidedignos, son cuatro: Dul·Qa‘adah, el mes de la peregrinación (Dul·Hiÿÿah), el mes de Mujarram y el mes de Raÿab. En uno de esos jadices, el Profeta Mujámmad – la paz y las bendiciones sean con él – dijo: “El año se compone de doce meses. De ellos, cuatro son sagrados y, tres, van seguidos: Dul·Qa‘adah, el mes de la peregrinación (Dul·Hiÿÿah) y el mes de Mujarram. 


También encontramos la siguiente aleya del Corán: “Ciertamente, el cómputo de los meses es doce, en un Registro (kitâb) de Al·lâh el día en que creó los cielos y la tierra. De esos meses, cuatro son sagrados. Este es el din recto. Por ello, no seáis injustos con vosotros mismos en estos meses”. (Sura “la penitencia”: 36).

Dijo Ibnu Kazîr (un reconocido exegeta del Corán) comentando esta aleya lo siguiente: “Cuando Al·lâh dice: (No seáis injustos con vosotros mismos en estos meses), quiso enseñarnos que, cualquier falta o pecado que cometamos en estos meses, tiene más repercusión que en otros meses, del mismo modo que los pecados y las faltas cometidas en las tierras sagradas (Meca, Medina y Jerusalén) también se acrecientan. […] Cuenta Ibnu Qatâdah lo siguiente: “La injusticia cometida en los meses sagrados tiene más repercusión y mayor condena por parte de Al·lâh que en el resto de los meses del año. Aunque, de todos modos, cualquier práctica de injusticia es un pecado capital. Pero Al·lâh – ensalzado sea – enaltece lo que él desea”.  

Dijo el imam Alqurtubï: “Al·lâh – alabado sea – cuando enaltece algo, esta cosa deviene sacra en sí misma. Y, cuando enaltece algo en varios aspectos, esa cosa en sí misma, deviene sacra en varios aspectos igualmente. Así, el castigo se duplica con la mala obra y la recompensa se duplica cuando se realiza la buena obra. Y quien obedece a Al·lâh en los meses sagrados y en las tierras sagradas no es igual que quien obedece a Al·lâh en el resto de meses y en otros lugares [en lo concerniente a la recompensa de las obras]”.



Por ello, aprovechemos este tiempo de sacralidad, no sólo para hacer obras de bien – algo que debería ser propio de todo musulmán, allá donde se encuentre – sino también para prepararnos espiritualmente para recibir el mes que, en poco tiempo, llegará a nosotros: el mes de Ramadán.

Que Al·lâh nos ayude, nos ilumine, nos conceda visión para ver nuestros defectos, y nos otorgue la suficiente humildad para reconocerlos y la fuerza para arreglarlos.

lunes, 28 de abril de 2014

LA REVELACIÓN DEL SAGRADO CORÁN - PARTE IV



Otro ejemplo claro de la paulatinidad en la legislación lo encontramos en la prohibición de las bebidas embriagantes y como la ilicitud de las mismas pasó por cuatro fases antes de que fueran prohibidas de una forma tajante.

  • En una primera fase, Al·lâh se dirigió a los creyentes, a través del mensaje coránico de la siguiente forma: “De los frutos de las palmeras y de las vides obtenéis una bebida embriagadora y un bello sustento. Ciertamente, hay en ello un signo para gente que razona”. (Sagrado Corán, 16:67)

Aquí, Al·lâh – ensalzado y alabado sea –, describió el sustento como bello pero, sin embargo, no dio ningún tipo calificativo a la embriaguez para así, como Al·lâh dice al final de la aleya, sirviera para que los musulmanes razonaran en este asunto.

  • En otra fase Al·lâh reveló: “Te preguntarán (Mujámmad) acerca del vino y de los juegos de azar. Di: ‘ambos encierran pecado grave y ventajas para las personas, pero su pecado es mayor que su provecho”. (Sagrado Corán, 2:219).

Aquí, vemos como Al·lâh dio un paso más, dando a explicar a los creyentes, que a pesar de que el vino pudiese encerrar en sí mismo ventajas, el mal que porta es mucho peor que el provecho que se le pueda sacar.

  • En un tercer momento Al·lâh reveló en el Corán  lo siguiente: “¡Creyentes! No os acerquéis ebrios a la zalá. Esperad a que estéis en  condiciones de saber lo que decís”. (Sagrado Corán, 4:43).

Vemos aquí, como por primera vez Al·lâh hace referencia al vino de forma prohibitiva y, sin embargo, no abolió su consumo, sino que prohibió el hacer la zalá en estado ebrio, ya que tal estado no permite que alguien pueda, realmente, saber lo que está diciendo. Además, el no llegar a la zalá en estado ebrio conllevaba el permanecer una gran parte del día sin beber, lo cual, iba menguando el interés por la bebida de aquellos musulmanes que todavía seguían tomando vino.

  • Y, finalmente, llegamos a la última fase, en la cual el consumo del vino fue declarado ilícito de forma tajante. Así, Al·lâh reveló en su sagrado libro su dictamen final: “¡Creyentes! El vino, los juegos de azar, las piedras erectas y las flechas no son sino abominación y obra del demonio. ¡Alejaos de él, pues! Quizás, así, prosperéis. * El demonio quiere solo crear hostilidad y odio entre vosotros valiéndose del vino y de los juegos de azar e impediros que recordéis a Al·lâh y realicéis la zalá. ¿Os abstendréis pues?”. (Sagrado Corán, 5:90 – 91).

De esta forma, fue revelado el precepto de la ilicitud del vino de forma concluyente e indicándonos el Corán la causa de su prohibición. Nos han llegado relatos que nos describen cómo las calles de Medina se convirtieron en ríos de vino, cuando esta aleya fue revelada, lo que nos muestra la fe y la obediencia que los musulmanes tenían en acatar las órdenes de su Señor.

Otro ejemplo claro que podemos mencionar es el de la prohibición de la usura. Encontramos, del mismo modo que anteriormente, cómo la ilicitud de la usura fue establecida de forma paulatina y no de una sola vez.

En este caso, la usura fue declarada ilícita a lo largo de cuatro fases. En la primera de ellas Al·lâh reveló:

“Lo que prestáis con usura para que os produzca a costa de la hacienda ajena, no os producirá nada ante Al·lâh. En cambio, lo que dais de azaque por deseo de agradar a Al·lâh… esos son lo que recibirán de Al·lâh el doble de retribución”. (Sagrado Corán, 30: 39)

Vemos, como Al·lâh hace referencia a la usura en esta aleya sin declarar, aún, su prohibición absoluta y definitiva. Además, la aleya indica que, a pesar de los beneficios que el fruto de la usura pueda aportar en esta vida material, no aporta al creyente ningún tipo de beneficio ante Al·lâh. Al contrario que las limosnas y el dinero dado por la causa de Al·lâh, puesa pesar de que quien las lleva a cabo pueda perder cierta parte de su dinero, en verdad, lo que hace es ganar mucho más, ya que por un lado ayuda a los necesitados y, por otro, Al·lâh se lo recompensaré, tanto en esta vida y en la Otra. 


Más adelante, Al·lâh reveló en otra aleya:

“Declaramos ilícitas a los judíos cosas que, antes, les habían sido lícitas. Ello lo hicimos por haber obrado impíamente y por haber desviado a tantos del camino de Al·lâh; por usurear, a pesar de habérseles prohibido tal práctica, y por haber devorado la hacienda ajena injustamente. A quienes niegan la Verdad de entre ellos, les hemos preparado un castigo doloroso”. (Sagrado Corán, 4: 160 – 161)

Esta aleya, el Corán nos cuenta como la usura era ilícita para los Hijos de Israel y, como por haber trasgredido dicho mandato, entre otros, Al·lâh los castigó duramente.


En una tercera fase, Al·lâh reveló:

“¡Creyentes! ¡No usuréis doblando una y otra vez (la deuda de la usura)! ¡Y guardaos de Al·lâh! Quizás, así, prosperéis.”. (Sagrado Corán, 3: 130).

Aquí, por primera vez, vemos como Al·lâh prohíbe la práctica de una usura desmesurada, pero sin declararla ilícita categórica y definitivamente. Fue en otra fase, donde las aleyas reveladas declararon su ilicitud permanente y definitiva:


“¡Creyentes! ¡Guardaos de Al·lâh y renunciad a los provechos pendientes de la usura, si es que sois creyentes! * Si no lo hacéis así, podéis esperar la guerra declarada de Al·lâh y su Mensajero. Pero, si os arrepentís (renunciado a la usura), tendréis vuestro capital, no siendo injustos ni siendo tratados injustamente”. (Sagrado Corán, 2: 278 – 279)

Así, observamos como Al·lâh prohibió la usura de una forma tajante y clara. Por eso, en el Islam, el uso de la usura está totalmente prohibido a cualquier nivel. El que presta dinero, sólo debe de esperar de su deudor aquello mismo que le prestó sin añadir un solo céntimo de más.


Éste y otros asuntos de la misma índole, fueron decretados de esta forma por Al·lâh, no sólo porque él es misericordioso con sus siervos, sino para que sirviera, también, de lección para todos los musulmanes. Y no sólo para aquellos que vivieron en la época de la profecía, sino para todas las generaciones musulmanas venideras.


Visto lo visto, debemos de tener en cuenta un principio fundamental en nuestro din. No es de recibo, que a alguien que acaba de entrar en el Islam, se le agobie espetándole preceptos religiosos sin ton ni son. Sino más bien, conviene adaptarse a él, de manera que vaya asumiendo los valores espirituales y el porqué de las cosas, ya que Al·lâh nos ha otorgado una razón para reflexionar y un corazón para discernir.

viernes, 18 de abril de 2014

POR UNA REGENERACIÓN DE RAÍZ (PARTE I)



Nuestra comunidad, como cualquier otra, ostenta principios, valores y singularidades que la definen y marcan sus particularidades, además de que conforman nuestra identidad como musulmanes, tanto a nivel individual como a nivel colectivo.

Estos principios y valores son conocidos sobre el papel; son, aquellos ideales que todos conocemos y que, en base a los cuales, nos decimos ser musulmanes o siervos del Creador de todo lo existente, con la intención – más o menos acertada – de servirle en todo cuanto nos pide.


Sin embargo, son pocos los principios y los valores de nuestro din que son llevados a la práctica, bien por nuestra debilidad espiritual y nuestra falta de consciencia de la presencia divina, -presencia que domina cada segundo de nuestras vidas, seamos conscientes de ello o no-, o bien, por la mala comprensión de los conceptos más básicos, fundamentales y trascendentales del Islam.


Podríamos hablar – tal y como se hace en algunos círculos – de los retos a los que se enfrenta la comunidad musulmana y, consecuentemente, a los de cada individuo de nuestra comunidad. Sin embargo, con ciencia, en conciencia y con consciencia, el único reto trascendental y verdadero al que todo musulmán se enfrenta y se enfrentará hasta el fin de sus días es el de la purificación del ego (nafs).

Y es ahí, precisamente, donde reside el quid de la cuestión, tanto de nuestras desgracias como de nuestras buenaventuras; de nuestra tristeza como de nuestra alegría; de nuestro retroceso como de nuestro avance; de nuestro estancamiento como de nuestro progreso; de nuestra perdición como de nuestra salvación. Todo cuanto pueda avenirnos de manera individual o colectiva a lo largo de esta bendita vida, no deja de ser pruebas y exámenes que Al·lâh nos pone en nuestro día a día, precisamente para eso: para evaluar nuestro ego; para que sepamos – pues Él ya lo sabe – qué es lo que tenemos que cambiar, pues siempre habrá algo que mejorar y pulir, tanto en nuestra relación con Al·lâh. como en nuestra relación con el resto de sus siervos.

Pero poco importa el examen, la prueba, o los retos que se nos pongan por delante, si, una vez ocurridos, no somos capaces – o no tenemos la voluntad – de sentarnos unos momentos para reflexionar cada una de nuestras decisiones, palabras y acciones. Sinceramente, pienso que nos queda muchos estadios espirituales que avanzar, o bien, recibir la baraca divina para poder ser realmente conscientes del valor de cada segundo de nuestras vidas y, sobre todo, de la responsabilidad que tenemos en todos los ámbitos, como creyentes y siervos de Dios.


La zalá (oración) debería de servirnos como momento de reflexión, de recuerdo, de aproximación a nuestro Señor, de renovación del pacto que a Él debemos, de toma de consciencia y de conciencia de nuestra responsabilidad y, consecuentemente, de nuestra toma de cuentas el día en que nos encontremos con Al·lâh y nos juzgue por cada uno de nuestros actos.

No podemos avanzar – ni a nivel individual, y menos a nivel colectivo – si no intentamos extraer de cada zalá el mínimo alimento espiritual que nos ayude a vitalizar nuestros espíritus y a examinar a fondo lo más noble y lo más oscuro de nuestros egos. La oración es el rito por antonomasia donde alimentar nuestra espiritualidad, nuestro lazo indivisible con nuestro Creador. Debemos ser conscientes de lo que significa cada uno de los actos que desarrollamos en la zalá: la lectura de la palabra de Al·lâh; invocarle; recordarle; reverenciarle; y, lo más profundo y trascendente: postrarnos físicamente en el suelo con la faz en la tierra, para que no se nos olvide –aunque sólo sea con nuestro cuerpo–, a quién debemos nuestra total sumisión a su voluntad, que no a la nuestra. Nosotros, los musulmanes, no nos echamos al suelo en la oración, lo que hacemos es demostrar – aunque sólo sea físicamente quién es quién; quién es el Señor Todopoderoso y quién es el siervo.


Sin embargo, ¡cuán lejos se encuentra nuestro ego y nuestro corazón del significado de esa postración al suelo! ¡Cuán lejos nos encontramos de interiorizar esa postración, para que pase de ser una mera posición física a un estado espiritual! Nuestro corazón, en vez de sentir, vivir e interiorizar la magnificencia divina, se satura y deprime por asuntos mundanales, efímeros; y nuestro ego, una vez acabada la zalá – o, más bien, ese arrastre por tierra, para algunos – vuelve a alzarse, altanero, queriendo buscar – de nuevo – su posición en el mundo y, así, no sentirse un pobre desvalido.

Donde otros ven humillación y falta de libertad, nosotros sólo contemplamos – o así debería ser – disfrute y gozo en la entrega completa a aquel que nos ha dispuesto en este mundo, que se nos ha dado a conocer y, como bendita gracia, ha querido elegirnos de entre sus siervos para guiarnos al buen camino y hacer de nosotros musulmanes. Una gracia, ésta, que no sabemos valorar y, sobre todo, agradecer en la mayoría de las ocasiones; pues el agradecimiento no es una mera articulación bucal de alabanzas a nuestro Señor; el verdadero agradecimiento consiste en obrar y dedicar aquello que Él nos ha dado – la vida – en aquello que es de su complacencia.


Bien. Todo lo citado hasta ahora ha sido un preámbulo para un asunto importante al que invito a reflexionar. No podemos concebir ni programar ningún tipo de futuro para nosotros, a modo individual o colectivo, sin vivir despiertos en esa consciencia trascendental de la auténtica servidumbre sincera que, una vez encendida, reaviva nuestro corazón y toda nuestra existencia en aras de ser auténticos regentes (jalifah) de Al·lâh en este mundo.

Por desgracia, la falta de conocimiento y la mala comprensión, incluso, de los principios más básicos y fundamentales del Islam, hacen que en vez de avanzar con paso firme en nuestras vidas por el camino que Al·lâh nos ha marcado, nos encontremos más bien deambulando y dando tumbos de un lado a otro sin saber, realmente, a dónde vamos ni para qué estamos en marcha; sin contar el desconcierto y el despiste que produce la ebriedad de nuestro corazón y en nuestra mente por causa del disfrute falaz de todo cuanto este mundo (dunia) contiene. Es por ello por lo que, en muchas ocasiones, no nos sentimos realizados como musulmanes, pues le dedicamos tiempo – es decir, nuestra vida – a cosas que, realmente, no tienen sentido. Y quisiera recalcar esta palabra: el SENTIDO de nuestra vida.


Como he dicho antes, el único reto trascendental que tiene el ser humano en esta existencia es la de purificar su ego (tazkiyah an·nafs). No hay otro reto mayor que éste y, en él, reside absolutamente todo. Repito, TODO.

Por lo tanto, si queremos alcanzar cualquier meta que nos propongamos, tanto a nivel individual y, sobre todo, a nivel comunitario, no debemos de fijarnos en nada de cuanto nos rodea, más bien, debemos cerrar los ojos y profundizar en lo más adentro de nuestro ser; al lugar que sólo nosotros conocemos verdaderamente, para que a partir de ahí, y con la intención sincera de reformar y arreglar lo que en nosotros hay de mal, podamos sentirnos – que no ser – capaces como para comenzar a proyectar y construir un camino que nos conduzca a objetivos verdaderamente coherentes y consecuentes con lo que el Islam nos exige como musulmanes. Y ello, no puede concebirse sin una cosmovisión correcta del Islam; de saber, conocer y comprender las enseñanzas y principios de la misma esencia de nuestro din, algo que, como dijo el imam Ibnu Alqayyim – que Al·lâh le colme de misericordia: “sólo lo obtiene, quien ha mamado de los pechos de la shari’ah” ('ilâm almuwaqqi'în).

Si ello no hacemos, sólo nos espera el fracaso, por muchos esfuerzos que gastemos y por mucho tiempo que invirtamos en actos y obras que, únicamente, responden a intereses particulares, de nuestro ego, o bien, a conceptos desvirtuados y erróneos de un din, del que, por desgracia, nos encontramos cada día más lejos de poder entender en su esencia más básica y accesible.



Démonos cuenta que, los primeros pasos que se andan en el camino de la purificación espiritual, no deben ir dirigidos a adquirir estaciones (maqâmât) espirituales, sino todo lo contrario: de deshacernos de lo que nos sobra y que no deja lugar a otras. Me explico. Si queremos ser humildes, debemos deshacernos de toda la soberbia y el orgullo que nos corroe; si queremos degustar – aunque sea por un poco – el dulce gusto de la servidumbre a Al·lâh, debemos deshacernos de toda adoración a nuestro ego; si queremos ser más generosos, debemos deshacernos de la avaricia; si queremos ser buenas personas, debemos deshacernos del mal que llevamos por dentro;… nuestros corazones no pueden radiar la Luz divina si no lo limpiamos y le quitamos toda la inmundicia que lo cubre. Pues, tal y como ha dicho Al·lâh – ensalzado sea – en el Corán: “Al·lâh no ha dispuesto en el pecho de las personas dos corazones” (Sura 33 “los coaligados”: 4). Es decir, ante Al·lâh, no vale tener dos caras ni dos disposiciones, pues únicamente tenemos un corazón; y es a Él a quien debemos someterlo y entregarlo. Él sabe perfectamente lo que fluye por nuestro corazón: deseos, pasiones, sentimientos,... por lo tanto, por mucho que queramos aparentar de puertas a fuera algo, nuestro corazón es uno y, éste, atesora nuestra verdadera esencia e identidad. Por ello, no olvidemos las grandes palabras de nuestro amado profeta Mujámmad cuando dijo: "Ciertamente, Al·làh, no se fija ni en vuestro dinero ni en vuestra imagen, sino que se fija en vuestros corazones y en vuestras obras" (Transmitido por Muslim y otros eruditos del jadiz).

¡Meditemos...! (Continuará)