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viernes, 27 de febrero de 2015

ISLAMOFOBIA, MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y MOVIMIENTOS ISLAMOIDES

“ISLAMOFOBIA, MEDIOS DE COMUNICACIÓN Y MOVIMIENTOS ISLAMOIDES”

El imam Vicente Mota (Mansur)
licenciado en ciencias islámicas y experto en teleología islámica.

                             Madrid, 25-2-2015
       
Antes de comenzar sería preciso indicar un asunto importante y que, además, tiene relación con la profesión que la mayoría de ustedes van a desempeñar. Primero, debemos enmarcarnos en nuestro contexto político y social para concretar nuestro discurso y nuestras ideas.

         La información o el producto periodístico, es decir, las noticias transmitidas a través de los medios de comunicación en Europa, más que la búsqueda de un conocimiento profundo y real de un fenómeno, refleja aquello que, supuestamente, es de interés y preocupación del mundo occidental respecto, en este caso concreto, al mundo islámico. Es decir, el producto periodístico ofrecido por bastantes medios de comunicación, es el resultado de la puesta en práctica de unas artes que enseñan cuál es el suceso que debe transmitirse y, sobre todo, el cómo; no con el fin de aproximar el suceso real por medio del análisis de las partes que conforman el todo del mismo, sino con el fin de configurar y fortalecer una determinada opinión pública, por muchos y muy diversos intereses.
         Estos ecos o reflejos son los que configuran el imaginario colectivo que una población concreta – en este caso la europea – puede tener respecto al Islam. Por desgracia – y hablando concretamente del fenómeno de la islamofobia –, ese imaginario que existe en el ciudadano medio respecto a lo que el Islam es, no es más que un concepto confuso y etéreo, y muy alejado de lo que realmente este representa.
         No se trata, pues, de encontrarse frente a la disyuntiva de la celeridad – genética en sí misma – exigida en la cobertura de un suceso y, por otro, el análisis que, entre otras cosas, precisa de tiempo, estudio y reflexión; algo de lo que, desafortunadamente, adolece en muchas ocasiones el producto informativo. No. Debemos percatarnos que existen medios de comunicación –que no dejan de ser herramientas de empresas y corporaciones – que tienen un perfil determinado y que, el medio utilizado – ya sea la televisión, la radio o la prensa –, se presenta como el útil que está al servicio de unos intereses.
         Por lo tanto, el quid de la cuestión no radica en la cobertura de un suceso en concreto con más o menos acierto analítico, sino de aquello que una empresa elige para que sea ‘noticia’ y, sobre todo, cómo presentarlo en beneficio de los intereses que ese medio representa; aunque, en ese propósito, se falte a la verdad y se manipulen hechos reales.

         Démonos cuenta que la islamofobia – como fenómeno ideológico –, en gran parte, no viene generada por una relación personal de un individuo respecto a una experiencia negativa que haya podido tener con los musulmanes o el mundo musulmán, sino que, más bien, es ese producto periodístico relacionado con lo ‘islámico’ que transmiten algunos medios de comunicación, el que va configurando ese imaginario que va instalándose en el subconsciente social.
         Por ello, tal y como indica algunos sociólogos, las agresiones y asesinatos islamófobos contra individuos de confesión musulmana que se han producido en sociedades occidentales, vienen, en muchos casos, dados por este producto que deja su huella en el imaginario colectivo.
         Tal es el caso de lo ocurrido –hace unas semanas en el barrio de Chapell Hill, en la localidad de Carolina del Norte en EE.UU., con el asesinato a manos de un terrorista ideológico que acabó con la vida de tres musulmanes miembros de una misma familia.

         Es cierto que algunos individuos – entre ellos musulmanes – dejan mucho que desear en cuanto su actitud y sus modales, deviniendo, en algunas ocasiones, los peores embajadores que el Islam puede tener. Sin embargo, esto es un asunto y, otro bien diferente, la hipotética experiencia que haya podido generar en una persona un sentimiento de odio y desprecio tal, como para incitarla a tomar la decisión de acabar con la vida de otras personas, y que, según le aporta ese imaginario, considera una amenaza para la sociedad.


SOBRE EL ESTUDIO DEL ISLAM

          Si queremos adentrarnos en el estudio de lo que realmente representa el Islam y su civilización, no debemos olvidar que nos hallamos ante una antropología distinta, alógena a la occidental; por lo tanto, tendremos que conocer, a priori, sus presupuestos antropológicos, su modo de concebir el mundo y sus principios ontológicos.

-         El Islam podría definirse como:

§  un sistema ético-moral-global cuyos fines se resumen en promover el bien, la justicia y la virtud, y erradicar la injusticia, el mal y la depravación. Todo aquel que dice ser musulmán, está obligado a esforzarse –a través de la práctica del Islam– para purificar su ego, su mente y su espíritu y, así, poder alcanzar la excelencia (ihsân) en cada uno de estos niveles. Cuando ello hace –o, por lo menos, lo intenta–, es cuando deviene un siervo (‘abd) de Dios y un regente (jalîfah) suyo en este mundo.

         El Islam es un sistema ético, pues ostenta una serie de principios, valores y presupuestos que interaccionan entre sí con el fin de materializar una serie de fines muy concretos. Estos fines y otras disposiciones vienen recogidos en la disciplina conocida como ‘la teleología de la jurisprudencia (ŝarî‘ah) islámica’, y son los siguientes:

o   La salvaguarda de la ideología o la creencia de toda persona.
o   La salvaguarda de la vida humana.
o   La salvaguarda de la dignidad de la persona.
o   La salvaguarda del intelecto.
o   La salvaguarda del capital o la hacienda.

        Y es moral, porque emite juicios de valor conforme a sus disposiciones éticas.

         El Islam busca la educación del individuo para que éste pase a ser un sujeto moral capaz de un perfeccionamiento ético continuo, cuyo método lo configura está formado por el sistema de ideas, principios y de actuación que proporciona el propio Islam en su doctrina teórica y en sus prescripciones.

         Y es global, pues comprende y abarca todas las dimensiones de la vida del ser humano y no una única esfera. Algo que, desde alguna posición, no se comprende pues se considera como una intromisión divina a ese albedrío dispuesto en el ser humano que, supuestamente, goza de libertad.

         Si el Islam enseña esta forma global de concebir la existencia, es por un mero hecho coherencia ética, ya que esa consciencia y actitud trascendente en el ser humano debe manifestarse en todas las esferas de su vida, ya que sería poco ético –valga la redundancia– mantener esa actitud en una esfera y no en otras.
        
         Así pues, todo aquel que se dice ser musulmán y se reconoce como tal sometiéndose voluntariamente a los designios de Dios, es cuando deviene ese regente o califa.

         Veamos, pues, la referencia coránica respecto a este concepto. Dice el Corán: “Y cuando tu Señor dijo a los ángeles: ‘voy a disponer un regente (jalîfah) en la Tierra’. Ellos preguntaron: ‘¿Acaso vas a disponer en ella a alguien que la corrompa y derrame la sangre, siendo que nosotros te glorificamos y proclamamos tu santidad?’. Entonces, Al·lâh respondió: ‘Yo sé lo que vosotros no sabéis”. (2: 30).

        Ahora bien, no estamos hablando de un individuo político, sino un ser obligado a dar respuesta a su propia consciencia ética y, con ello, adoptar una actitud moral, –que no puritana, como se podría entender– consecuente y coherente consigo mismo y, por consiguiente, con el resto de sus congéneres humanos.
         Ese jalifa, pues, es un regente portador de unos valores que debe llevar a la práctica para devenir, realmente, un regente de Dios, pero, sobre todo, debe dar a conocer dichos valores dándoles corporeidad a través de su obra y su actitud.
        
         Como hemos dicho, esa actitud ética a la que el Islam invita al ser humano, es voluntaria y, nunca, puede ser exigida a nadie. El Islam no permite ningún tipo de coerción en materia de pensamiento o de confesión, tal y como dice el Corán: “No hay coacción en materia de dîn”. (2: 256). El término dîn no queda restringido a lo que, desde la cultura occidental se entiende como religión, sino que abarca otra serie de conceptos: como la ideología, el modo de vida de una persona, su pensamiento, etc.
         Tampoco existe argumentación legítima alguna que sostenga aquella perversa falacia que afirma que un hipotético advenimiento de cualquier gobierno islámico, supondría la instauración de un régimen totalitario que impondría a todo el mundo la conversión al Islam o, de lo contrario, su expulsión o su ejecución. Todo, claro está, bajo la batuta abominable de la ŝarî‘ah, tal y como se suele afirmar.

         Aparte de la aclaración, debemos decir que los fundamentos jurídicos y legislativos del Islam no han establecido un régimen político único y estandarizado de obligada instauración en todo momento y lugar. Lo que existe y que sí es de obligado cumplimiento, es la instauración y la protección de unos principios universales que, incluso, el musulmán, debe defender y apoyar aunque estén amparados por instituciones que no sean islámicas o personas que practiquen alguna otra confesión religiosa diferente al Islam o, simplemente, no profesen ninguna.


QUÉ ES LA ŜARΑAH

         La ŝarî‘ah constituye los principios y valores generales apuntados en la Revelación del texto coránico junto a la interpretación que el Profeta hacía del mismo y la práctica que se seguía de ello. Estas líneas generales tienen un carácter inmutable e inapelable. Estos principios y valores generales vienen enmarcados en las siguientes manifestaciones:

§  La ética
§  La moral
§  La espiritualidad

         Ciertamente, es irrisorio – por no decir vergonzoso e indignante – el concepto que muchos periodistas e intelectuales occidentales tienen respecto a lo que realmente es la ŝarî‘ah, exponiéndola como el sistema jurídico-político por el que se rigen los musulmanes de todo tiempo y lugar, y que, por imperativo divino, todo el mundo – musulmán o no – debe aplicar y/o se le debe aplicar. Los musulmanes vendrían a ser, pues, una suerte de verdugos al servicio de la implantación de este sistema utilizando para ello la violencia y la fuerza sin contemplación ni miramiento alguno.

         Y, en cuanto al concepto de la ŝarî‘ah, quisiera presentarles un argumento fehaciente que tira por tierra ese concepto tan absurdo que existe en torno a este término. Por muy increíble que les pueda parecer, no existen libros de ŝarî‘ah. Les comento esto pues cuando cierta gente habla sobre la ŝarî‘ah, uno puede llegar a pensar que ésta se comprende en una obra de ciertos volúmenes – a modo de una enciclopedia Larousse – y que, vendría a ser, aquel ente jurídico monolítico que debe ser aplicado a toda cost
.
         La ŝarî‘ah comprende ese sistema global que busca la implantación, a través de unas estructuras dispuestas por la propia sociedad, de principios de común denominador a la disposición moral del ser humano, como la justicia, la igualdad, la equidad, y la erradicación de la injusticia, la depravación y el vicio. En definitiva, una sociedad regida en base a los principios indefectibles de la teleología que preconiza y defiende el Islam.

         Por lo tanto, el Islam no busca la instauración de un califato ni, de tan siquiera, un régimen político, sino la educación y la formación de un individuo ético.    Por ello, el ser humano, en sí mismo, es lo fundamental, el sujeto trascendente; y lo contingente, es aquellos sistemas políticos y sociales que el colectivo humano elija para materializar y realizar esos fines. Y, eso, concretamente, es lo que nos transmite la esencia del mensaje del Islam y la sunna del profeta Mujámmad – la paz y las bendiciones sean con él – como maestro, guía y educador espiritual.



QUÉ SON ESTOS INDIVIDUOS

         Créanme, que no hay nadie en el mundo más interesado que los propios musulmanes por saber quiénes son estos salvajes y energúmenos y, sobre todo, quiénes están orquestando este circo de la sinrazón y la demencia.
         Lo que sí podemos decir, es que nos encontramos frente un grupúsculo de bárbaros y mercenarios que se dicen musulmanes, pero que sus obras les alienan de aquello a lo que dicen pertenecer e, incluso, defender.

         Algunos podrían pensar que nos encontramos ante un fenómeno de teología política, es decir, ante un movimiento que desea imponer su religión y politizarla imponiendo un califato semejante, como vilmente predican, al que en su día instauró el propio profeta del Islam y, consecuentemente, gozoso de una legitimidad prácticamente divina.
         Sin embargo, nos encontramos ante un fenómeno de ideología totalitaria, pues, por muchos estandartes que puedan ondear con el lema más sagrado del Islam, sus actos les sitúan en una posición antagónica respecto a lo que realmente éste estipula y representa.
          Son tan ridículos, que a pesar de su puritanismo y de su supuesto aferro y literalidad a los textos del Islam, contradicen incluso sus propios postulados. Algo que denota, de manera fehaciente, los oscuros móviles por los que se mueven y actúan. Un ejemplo muy sencillo y palpable, lo encontramos en esas banderas que se han diseñado con el lema de la unicidad de Al·lâh y el profetismo de nuestro amado Mujámmad: ‘lâ ilâha il·lâ Al·lâh – Muhammad rasûl Al·lâh’ (لا إله إلا الله – محمد رسول الله).
          Lo comento, porque existe un jadiz fidedigno transmitido por el imam Albujârî donde el profeta Mujámmad dijo: “Me he procurado un anillo de plata y he grabado en él ‘Mujámmad es el mensajero de Al·lâh’. Por ello, que nadie grabe algo como lo que yo he grabado”. Y aunque pudiese existir alguna que otra interpretación sobre este texto, lo que sí es irrefutable es que, por interpretaciones y hermenéuticas mucho más discutibles – incluso la mayoría de ellas sin ningún tipo de base –, esta gente legitima el asesinato y el derrame de sangre gratuito y bárbaro. Algo que, sin duda, responde a su supina ignorancia y su descomunal soberbia y arrogancia.

         Estos individuos, como he dicho, pretenden venderse ante el resto del mundo – musulmanes y no musulmanes – como un grupo legitimado por la autoridad divina, última e indiscutible, para conformar – aun truncando los principios más fundamentales del Islam – una determinada comunidad político-militar dotada de la consistencia y la unidad suficientes para hacer frente a enemigos internos y externos. 
         
          Ya que nos encontramos en un espacio de erudición que exige de nosotros presupuestos académicos con propiedad y rigor, debemos otorgar a éste – y otros fenómenos similares – una nomenclatura que se ajuste a lo que realmente son y no a lo que ellos predican ser.
          Yo, personalmente, considero estas corrientes fanáticas y violentas que actúan impíamente en nombre de una religión que siguen más de mil trescientos millones de personas en el mundo, como:

“MOVIMIENTOS RADICALES ISLAMOIDES”.

        Es decir, grupos intransigentes – desde esa acepción de la RAE del concepto ‘radical’ – que, aunque dicen pertenecer o actuar conforme a unos postulados islámicos fidedignos, no dejan de ser sino un aberrante esperpento del que, los propios musulmanes, sentimos animadversión. Y que, además, no dejan de ser un ente maléfico que por ese sufijo 'oide' únicamente representan un tétrico y carnavalesco folclorismo que no atiende a ningún tipo de mínimo rigor islámico.


LA CONSTITUCIÓN DE MEDINA

No vamos a detallar todo lo que hizo el profeta Mujámmad cuando llegó a la ciudad de Medina, donde se conoce y reconoce la primera instauración de un gobierno-estado regido por el Islam. Pero si quisiera exponerles un hecho destacado a nivel político que realizó el Profeta como gobernante – o califa si se quiere utilizar ese término – cuando llegó a la ciudad de que le acogió. Uno de las iniciativas que llevó a cabo el Profeta su arribada, fue impulsar un pacto político con todas las personas que vivían en Medina y en su periferia. Este pacto fue conocido a posteriori como la ‘constitución de Medina’.

Si me lo permiten, quisiera leerles un apartado de este pacto para que, así, conozcan de primera mano un argumento histórico y fehaciente de lo que representó realmente la ciudad-estado de Medina y el papel del profeta del Islam como político.
También lo hago para demostrar a aquellas personas ignorantes y/o interesadas, que suelen opinar falazmente, afirmando que en el momento en que Mujámmad llegó a Medina y tomó el poder, aprovechó su posición de fuerza y autoridad para acabar con las otras comunidades minoritarias, como por ejemplo, las pequeñas tribus judías que vivían en Medina y en lugares colindantes a ésta.
Esto, como vamos a demostrar, es totalmente falso. Además, debemos recalcar, que los únicos conflictos que se dieron entre los musulmanes como comunidad y algunas tribus judías, se debieron a asuntos meramente políticos y no religiosos.


o   Artículos del 25 al 35 [sintetizado] – Las tribus judías de los Banû ‘Auf, los Banû Annaÿÿâr, los Banû Alhâriz, los Banû Sa‘îdah, los Banû Ÿasm, los Banû Ta’labah, los Banû Alaus, los Banû Yâfanah, sus aliados, sus clientes comerciales y sus propias personas, conforman una única comunidad (ummah) junto con los creyentes musulmanes. Los judíos tienen su religión y los musulmanes la suya, [y a nadie se le pedirá cuentas] a excepción de quien obre con injusticia o cometa una transgresión.

domingo, 18 de enero de 2015

ESCLAVITUD ÉTICA, DICTADURA MORAL E HIPOCRESÍA. (PRIMERA PARTE)

Hace ya tiempo que venía rondando por mi cabeza la idea de la redacción de un trabajo sobre la presencia y la ausencia de la ética y la moral en nuestra sociedad, acompañado de un análisis – que no un examen – sobre el valor otorgado a estos principios por parte de los individuos.
No hace falta profundizar analíticamente mucho para darse cuenta de la gran cantidad de incoherencias e incongruencias que se manifiestan a diestro y siniestro en la sociedad respecto a la valoración ética y moral de muchos aconteceres públicos, a diferentes niveles y estamentos de nuestra sociedad.
Primero, ética y moral no son lo mismo, aunque ambos términos son concomitantes. La ética es el estudio y el análisis filosófico sobre la moral, la virtud, el deber y la felicidad – entre otras cosas. Y, la moral, consiste en la emisión de juicios de valor basados en unos principios y valores éticos; y, más concretamente, en juicios que se traducen en una serie de reglas y normas para regir el comportamiento y la conducta del ser humano con el resto de sus congéneres.

El término ‘libertad’ circula en boca de muchas personas, pero, desgraciadamente, muy poca gente conoce el verdadero significado de este término y suele, en la mayoría de las ocasiones, confundirlo con otras cosas. Igualmente, se suele escuchar con bastante frecuencia, cómo se apela al término ‘libertad’ en algunas situaciones, cuando, en realidad, se trata de una demanda que surge más como un sentimiento individual de la persona por reivindicar su derecho legal de expresarse y actuar conforme a sus ideas, que en base a un conocimiento real y verdadero del significado de este término.

La ‘libertad’, como hecho ético, ostenta un significado filosófico concreto y, además, no tiene una única definición ni es algo consensuado por todos los pensadores y filósofos de la historia.
Es cierto que vivimos en una sociedad de libertades, pero, igualmente, en una sociedad de obligaciones y responsabilidades. Todos tenemos derecho a disfrutar de una serie de libertades que, entre otras cosas, nos garantizan las necesidades más básicas que todo ser humano precisa para realizarse tanto material como humanísticamente. Disfrutamos del derecho a la vida, del derecho a una protección, del derecho a una sanidad, del derecho a una educación y, sobre todo, disfrutamos del derecho a la libertad de ideología, pensamiento y creencia.
Pero debemos saber, que si hablamos desde una perspectiva ética – que es la que sostiene el significado más amplio y profundo del concepto ‘libertad’ –, ser ‘libre’ no consiste en vivir en una sociedad que te permite garantiza el derecho a elegir unas ideas y a expresarlas, sino en la acción filosófica y racional que toda persona debe plantearse para ejercer un comportamiento moral propio, derivado de sus propios juicios y valoraciones éticas. Lo primero sería el medio y, lo segundo, el fin.

Debemos saber, que aunque una persona sea libre en su comportamiento y en su obrar, ello no implica que sus palabras y sus acciones se ajusten a un posicionamiento ético previo. De ahí que podamos encontrar que el comportamiento de una persona pueda tener más peso ético al adoptar una actitud amoral, que aquella que obra movida únicamente por lo que su deseo le dicta.

lunes, 15 de diciembre de 2014

LOS PRIMEROS EN EL ISLAM EN ...

He aquí, una serie de datos conocidos en la cultura islámica como: "los primeros". Estos datos recogen aquellas personas o aquellos sucesos relacionados con el Islam acontecidos por primera vez en la historia, la comunidad y la cultura islámica.


El profeta Mujámmad – la paz y las bendiciones sean con él – fue o será el primero en:

o   El primero en acceder a todos los cielos.
o   El primero en salir de la tumba el día del Juicio.
o   El primer intercesor y el primero a quien se le concederá la intercesión de Al·lâh.
o   Abrir las puertas del Paraíso.

 El primer hijo del profeta Mujámmad fue: Alqâsim, de su esposa Jadîÿah.

-         La primera batalla en la que participó el profeta Mujámmad: Alabwâ.

-  La primera jutba realizada el día del viernes por el profeta Mujámmad: en la tribu de Banû Sâlim.

-         El primer regalo que se le hizo al Profeta en Medina: una onza de pan que le dio Zaid Ibnu Hârizah.

    La primera aleya descendida del Corán: “Lee en el nombre de tu Señor que ha creado” (Sura: el coágulo).

-         La primera azora en ser revelada por completo: la azora “El arrebujado

LOS COMPAÑEROS
-    
      La primera persona y, primera mujer, en entrar al Islam: Jadîÿah, la esposa del profeta Mujámmad.

-       El primer hombre en entrar al Islam: Abû Bakr Assiddîq.

-       El primer esclavo en entrar al Islam: Zaid Ibnu Hârizah.

-  El primero de los Auxiliadores (ansâr) en entrar al Islam: Ÿâbir Ibnu ‘Abdil·lâh.

- El primero en entrar al Islam tras los Auxiliadores (ansâr) y la gente del Yemen: ‘Abdulqais.

- El primer niño que nació en Medina tras la Hégira: ‘Abdul·lâh Ibnu Azzubair.

-     El primero en recitar el Corán en público: ‘Abdul·lâh Ibnu Mas‘ûd.

-     El primero en memorizar el Corán por completo: ‘Alî Ibnu Abî Tâlib.

-    El primer Emigrado (muhâÿir) que murió en Medina: ‘Uzmân Ibnu Mađ‘ûn.

-    El primer Ramadán que ayunaron los musulmanes: en el año 2 de la Hégira.

-    El primer musulmán en emigrar a Abisinia (Alhabaŝah): Hâtib Ibnu ‘Amr.

-    El primer almuédano del Islam: Bilâl Ibnu Rabâh el abisinio.

-    El primero que instauró la casa de la hacienda de los musulmanes (bait mal almuslimîn): ‘Umar Ibnu Aljattâb.

-     El primer jinete en combatir por la causa de Al·lâh: Almiqdâd Ibnu Alaswad.

- El primero en lanzar una flecha por la causa de Al·lâh: Sa‘d Ibnu Abî Waqqâs.

-  El primer estandarte que se utilizó en una batalla lo portó: Hamzah Ibn ‘Abdilmuttalib.
      
       El primer jalifa en el Islam: Abû Bakr Assidîq.

-    El primer jalifa en ser llamado “Emir de los creyentes”: ‘Umar Ibnu Aljattâb.

-         El primero en recopilar el Corán en un único volumen: Abû Bakr Assidîq.

-         El primero que utilizó el nombre de Al·lâh en el título de jalifa: Almu‘tasim bil·lâh (El aferrado a Al·lâh).

-         La primera batalla naval de los musulmanes: en época de ‘Uzmân en el año 34 de la Hégira.

-   El primero en realizar la jutba del viernes sentado: Mu‘âwiyah Ibnu Abî Sufiyân.

-  El primero que llamó al Corán “el volumen” (mushaf): Abû Bakr Assiddîq.

-      El primero que instauró las dos unidades de la zalá (rak‘atain) antes de saber que se va a morir: Jubaib Ibnu ‘Adiy.

-      El primero que entrará en el Paraíso, de entre los musulmanes, después del profeta Mujámmad: Abû Bakr Assidîq.

-   La primera batalla entre los musulmanes y los bizantinos: la batalla de Mutah.

-   El primero en poner esterillas en la mezquita para la zalá: ‘Umar Ibnu Aljattâb.

-   El primero en instaurar en Medina el registro civil (dîwân): ‘Umar Ibnu Aljattâb.

-        El primero en instaurar en Basora el registro civil (dîwân): Almugîrah Ibnu Ŝu‘bah.

-         El primer Compañero del Profeta en ser enterrado en Kufa (Iraq): Jabâb Ibn Alart.

-         El primero en saludar dando la mano al llegar a Medina: la gente de la tribu Aŝ‘arî y, entre ellos, se encontraba Abû Mûsà Alaŝ‘arî.

-     El primero en quitarse las sandalias al entrar en la Cahaba: Alwalîd Ibnu Almugîrah.

-         El primero en heredar según la legislación islámica: ‘Adî Ibnu Fađâlah.

lunes, 8 de diciembre de 2014

¿UN ISLAM COMERCIAL O UN ISLAM ESENCIAL? PARTE II.

Es pues, aquí, donde debemos realizarnos una pregunta trascendental: “¿Qué es lo que nos mueve a realizar aquello que el Islam nos dicta como musulmanes? ¿Es el amor profundo que sentimos por nuestro Señor y que debería arder en nuestro corazón como un magma que fluye por las venas de nuestro espíritu, o es únicamente el juego “mercantilista” y “material” del: yo doy esto pues sé que me van a dar a cambio otra cosa? 
Todos y cada uno de nuestros actos deben estar basados en una ética y una espiritualidad. Sin embargo, no podemos ignorar que la espiritualidad es más importante que la ética, pues antes que la razón está el corazón y, consecuentemente, el amor que en éste debe existir por Al·lâh. Ello no significa que nuestras obras no vayan acompañadas de buenas razones, pero, la base trascendente es la espiritual y no la racional. De lo contrario, si a la hora de medir las cosas anteponemos un baremo calculador y racional, el resultado será realmente nocivo. Hoy día, sólo tenemos que echar un vistazo a nuestra comunidad islámica para darnos cuenta que muchos de los problemas que los musulmanes sufrimos a nivel individual o colectivo tienen origen en esta forma de medir y valorar las cosas.

Es aquí donde quisiera hacer un inciso respecto a los nuevos musulmanes y a las personas que se aproximan y acercan al Islam para conocerlo.
Visto lo visto, no es de extrañar que mucha gente que entra en el Islam decida tomar “otro” camino dentro del propio Islam – por muy heterodoxo que pueda llegar a ser – buscando en él lo que las personas – y no el Islam – no le han podido ofrecer y que responda a sus necesidades espirituales más básicas; o, incluso – por desgracia – deja el Islam porque, a fin de cuentas, el “Islam” no le ha otorgado aquello que ansiaba encontrar una vez estando dentro de él.
O, lo que es todavía peor, encontramos a quien abandona el Islam por culpa de aquellos hermanos musulmanes que no dejan de atosigarles a base de designios y normativas “militares” totalmente vacíos de cualquier tipo de pedagogía y espiritualidad islámicas; creyendo esta gente, que están actuando como auténticos predicadores rebosantes de conocimiento y guías iluminados incapaces de cometer algún tipo de error; indicaciones y consejos vacíos de toda Luz, sapiencia y misericordia, tales como: ‘no hagas esto, pues casi todo es haram’, ‘déjate la barba hasta aquí’ (como si fuese un indicador del nivel de la fe la persona), ‘córtate los pantalones por acá’, ‘coloca tu mano dos centímetros por encima de la otra’, ‘no levantes la voz tantos decibelios’, ‘no se te ocurra alzar la mirad ni por un instante, ¿o es que acaso eres un pervertido?’, ‘ten cuidado a quien saludas, no sea que acabéis los dos en las redes de la lujuria y la concupiscencia’, ‘tú fíate de mí que entiendo el árabe, pues sin él, no podrás jamás de los jamases entender ni comprender el Islam’,…
¿Creéis que exagero? Quienes han pasado por esto saben muy bien de lo que estoy hablando.

Pregunta: ¿de quién es la culpa, pues, de que aquellos que han buscado a Al·lâh y han llegado a su din, al final acaben huyendo y alejándose del lugar donde pensaban iban a encontrar la respuesta, el sosiego y la felicidad? ¿Nuestra o suya?
Nuestro escaso – por no decir nulo – conocimiento de los principios más esenciales del Islam, hace que, en muchas ocasiones, nosotros seamos la causa por la que la gente no se acerque al Islam; y cuando alguien colmado de bendición divina accede a conocer el Islam y a interesarse por él, nosotros actuamos como esbirros del demonio – que Al·lâh nos perdone – haciendo que la gente salga espantada y no quiera volver a saber nada del Islam y, menos, de los musulmanes. Y, al final, es nuestro din, el Islam, quien paga el pato – como se suele decir –, cuando el Islam es totalmente inocente de nuestra mísera comprensión del din y de nuestra paupérrima praxis del mismo.
Olvidamos, entre otras cosas, palabras tan simples pero llenas de sapiencia como éstas que dijo el profeta Mujámmad: “Transmitid buenos auspicios y no malos augurios. Haced las cosas fáciles y no las hagáis difíciles”. (Transmitido por Albujârî, Muslim y otros eruditos del jadiz).

Lo que Al·lâh ha preparado en el Paraíso es algo que todo ser humano desea alcanzar, y el más hermoso y ansiado regalo que una persona puede obtener en la otra vida es adquirir – con el permiso de Al·lâh – la inmortalidad disfrutándola en un goce perpetuo. Eso, nadie lo puede negar, pues de lo contrario no sería humano.
Sin embargo, no debemos olvidar que el Paraíso es una creación de Al·lâh y no Al·lâh en sí mismo. Por lo tanto, basar nuestra praxis – basada y que emana de nuestra comprensión del Islam – en una mera relación mercantil vacía de toda espiritualidad que avive nuestro amor a Al·lâh, Señor del universo, es una praxis amorfa, pues no puede configurar ni moldear el espíritu para que, algún día – con el permiso de Al·lâh – lleguemos a amarle y desearle como criaturas suyas que somos y que le debemos absolutamente todo.
Pregunta: ¿Queremos, pues, un Islam de conceptos, de ideas, de consciencia, de actitudes, de esencia y de espiritualidad, o preferimos un Islam de formas, de posiciones, de modos, de movimientos y de apariencias?

Para acabar, quisiera concluir citando un hermosísimo jadiz que nos habla sobre el estado y la gracia que alcanzarán la gente del Paraíso y, que además, tiene relación con lo que, hasta ahora, he estado comentando.
Dice el profeta Mujámmad en un jadiz: ‘Cuando la gente del Paraíso tenga todo cuanto se les ha prometido, Al·lâh se dirigirá a ellos y les dirá: “¿Queréis que os dé algo mejor de lo que ahora tenéis?’. La gente responderá: ‘¿Y qué podemos tener mejor de lo que ahora tenemos?” Entonces, se levantará el velo y la gente podrá contemplar el rostro de su Señor, Al·lâh. Entonces, la gente del Paraíso no tendrá nada mejor con lo que gozar que el hecho de contemplar el rostro de su Señor”.

Pedimos a Al·lâh que nos conceda su misericordia y su venia, y nos ilumine para comprender mejor su mensaje y, que, al llevarlo a la práctica, obtengamos realmente su complacencia. Y, así, tal vez, podamos entrar en el Paraíso con su beneplácito y pueda concedernos la gracia sublime de poder contemplar su rostro. Amén.

domingo, 30 de noviembre de 2014

¿UN ISLAM COMERCIAL O UN ISLAM ESENCIAL?
(parte I)

Al·lâh ha creado al ser humano débil y, consecuentemente, dominado en muchas ocasiones por el designio de sus instintos; por ello, al ser humano le resulta muy dificultoso escapar de las redes de su pasión.
Al·lâh le ha creado y dispuesto en este mundo para que le sirva. Sin embargo, como Al·lâh sabía que el hecho de encargar a sus criaturas la tarea de servirle iba resultarles algo fatigoso y costoso, estableció una serie de recompensas en la puesta en práctica de su din; así, la persona tendría siempre un estímulo para trabajar y obrar, a pesar de saber y conocer que él, como criatura de Al·lâh, ha sido creado para servir a su Señor sin pretender recibir ninguna retribución a cambio. Así nos lo informó el profeta Mujámmad – la paz sea con él – cuando dijo: “El derecho de Al·lâh sobre sus criaturas, es que le sirvan y no le asocien nada”. (Transmitido por Albujârî, Muslim y otros eruditos del jadiz).
En base a esto, encontramos una gran cantidad de textos que nos hablan de las recompensas que todo musulmán puede obtener cuando realiza una o tal obra.
Muchísimos han sido los discursos y los sermones de imames que han estado basados en este principio: el de actuar y hacer el bien en busca de la recompensa que Al·lâh ha prometido a sus siervos. La recompensa es conocida en el Islam como (aÿr). Estos imames y ulemas sabían que, debido a la débil condición del ser humano, éste sólo puede ser estimulado – en muchos momentos de su vida – a base de ese intercambio “mercantil”.
Sin embargo, pocos imames – sobre todo aquellos que han recibido una formación y una educación espiritual correcta y profunda – han sido quienes se han percatado que tales discursos han creado en el subconsciente de muchos musulmanes una actitud “materialista” o “mercantilista” para con Al·lâh a la hora de practicar el din del Islam y, consecuentemente, el verdadero sentido del concepto de servidumbre (‘ubûdiyah) ha sido corrompido.
Esta actitud, espiritualmente hablando, es mediocre y lastimosa; una actitud que, en la mayoría de las ocasiones, viene movida por un interés “calculador” que únicamente actúa buscando esos “bienes” gananciales ultraterrenos.
Estos discursos han causado estragos en lo más profundo del ser musulmán e, igualmente, han generado una evidente y palpable carencia en la dimensión espiritual; dimensión, además y sin lugar a dudas, fundamental en nuestro din del Islam. Estos discursos de los que hablamos han alejado al musulmán de la esencia y la sapiencia que encierra cada una de las acciones que éste practica de su din. Los musulmanes, por desgracia, sufrimos un desconocimiento profundo y una ignorancia remarcable sobre los fines últimos que existen en cada una de las enseñanzas y los preceptos que han sido legislados por Al·lâh en el din.  
Meditemos en lo siguiente. ¿Cuántos musulmanes, cuando son preguntados por la causa por la que realizan una acción que suelan repetir con frecuencia o llevar a cabo muy a menudo, suelen contestar: “es que en esa acción hay mucha recompensa (aÿr)” o “es que Al·lâh nos va a recompensar mucho si hacemos esto”.
Pocos son los musulmanes que, a esta pregunta, ofrecen una respuesta basada en un conocimiento correcto y profundo basado en las enseñanzas del din del Islam; la mayoría se limita, únicamente, a responder aquello que se les ha transmitido y enseñado desde muchos púlpitos: la recompensa prometida.
Si ese es nuestro único incentivo para fundamentar nuestra praxis islámica – incentivo que, por otro lado, no podemos ni debemos negar –, nos hundiremos, poco a poco, en un hondo vacío y seguiremos estancados en una posición formalista totalmente ajena a la esencia de lo que el Islam transmite y enseña.
 Limitarse a depositar nuestra esperanza en una mera recompensa – aunque proceda de nuestro propio creador –, genera en nuestro subconsciente una actitud “materialista” y vacía de toda sapiencia (hikmah) que Al·lâh ha dispuesto en cada uno de aquellos actos que debemos practicar como muslimes.
Démonos cuenta que, con esta actitud que nos espolea, por ejemplo, a hacer muchas oraciones voluntarias, no viene generada en la mayoría de las ocasiones por un amor profundo a nuestro Señor, Al·lâh, sino por el hecho de obtener aquella recompensa prometida para quien realice un número determinado de oraciones voluntarias durante el día o la noche.
Medita un momento en las palabras del imam Ibnu Alqayyîm – que Al·lâh le colme de misericordia cuando dijo: “La estación de la (wilâyah) no se obtiene con mucha oración (salâh), mucho ayuno, o mucho ejercicio (riyâđah) espiritual, sino que se obtiene en el momento en que el siervo ama aquello que Al·lâh ama y detesta aquello que Al·lâh detesta” (alÿawâb alkâfî). 
En principio, ello no es algo malo, todo lo contrario. El quid de la cuestión radica en que únicamente nos quedemos estancados ahí, en lo “material”. Si no somos capaces de abandonar por un momento ese ansia “mercantilista” y meditar y reflexionar en la sapiencia y la esencia de los actos que estamos realizando y a los que el Islam nos incita a descubrir a través de la práctica – ya sea a través de nuestra propia experiencia espiritual o a través de las enseñanzas de un verdadero maestro o educador espiritual – no podemos pensar ni creer, a ciencia cierta, que Al·lâh nos vaya a bendecir con su amor y su complacencia por muchas oraciones que hagamos que estén vacías de amor y sin ser conscientes de lo que significa el verdadero concepto de la servidumbre que a nuestro Señor debemos. Lo que Al·lâh nos otorgará – pues así lo ha prometido – es aquella moneda que buscamos, pues, tal y como dijo el profeta Mujámmad – la paz y las bendiciones sean con él – “Ciertamente, las obras, dependen por sus intenciones, y cada persona recibirá en base a ellas”. (Transmitido por Albujârî y otros eruditos del jadiz).
Quisiera poner un ejemplo sencillo para que el tema que estoy poniendo sobre el tapete sea comprendido.
Existen muchos textos – tanto del Corán como de la sunna de nuestro amado profeta Mujámmad, la paz sea con él – donde se nos promete cierta recompensa a quien da de comer al hambriento.
Nada, absolutamente nada, nos impide que obremos con la intención de obtener esa recompensa divina. Sin embargo, si nos preguntan por qué alimentamos al hambriento y, únicamente, respondemos que lo hacemos porque Al·lâh nos ha prometido una recompensa, olvidándonos del principio, la enseñanza y la sapiencia que encierra ese acto – que no es otro que el hecho de generar en nosotros la empatía y la misericordia para con los necesitados –, entonces, que Al·lâh nos asista y se apiade de nosotros. 

(Continuará…)